sábado, 4 de abril de 2026

Testimonio sobre el Valle de los Caídos

 Testimonio

DESDE LA BASÍLICA DEL VALLE DE LOS CAÍDOS UN JUEVES SANTO. Por Juan Chicharro Ortega

En el corazón del Valle de los Caídos, donde la piedra eterna parece susurrar oraciones ancestrales, me hallo hoy, Jueves Santo de 2026, asistiendo a los oficios en la Basílica de la Santa Cruz. La luz tenue de las velas ilumina el crucero inmenso, y el aire se impregna de incienso y del canto grave de los benedictinos. “Adoramus te, Christe”, resuena en la nave, y siento que el peso de la cruz de Cristo se posa sobre mis hombros. Aquí, entre estos muros tallados con dolor y esperanza, la Pasión no es un relato lejano: es viva, palpitante, como el latido de un corazón que se niega a morir.

Los fieles, arrodillados en silencio, contemplamos el Cristo que se yergue. Lágrimas discretas surgen en rostros curtidos por la vida. Pienso en los miles de almas que yacen en las criptas, caídos de una y otra trinchera, unidos al fin en esta tierra bendecida. El monumento, erigido en medio de la posguerra como plegaria de reconciliación, exhala una paz que trasciende el tiempo. La gran cruz en la cumbre del monte abraza el cielo, y el valle entero parece un Gólgota redimido, donde el sufrimiento se transforma en sosiego. Aquí, la Semana Santa no es espectáculo: es encuentro íntimo con el Redentor. El “Ecce Homo” de los oficios me invade de una ternura que desarma. “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”. Estas palabras de Jesús en la cruz resuenan en mi alma mientras observo a la comunidad monástica, firme en su oración pese a las sombras que se ciernen sobre el futuro incierto de la Basílica.

Y, sin embargo, en medio de esta serenidad que el monumento despierta —una paz que invita al perdón y al reposo eterno—, mi mente no puede evitar volverse hacia la resignificación – así lo definen – que un Gobierno socialista/comunista  pretende imponer. Un proyecto que llaman “La base y la cruz”, con sus millones y sus planos que hablan de demoler escalinatas, de pantallas que narrarán solo una versión del dolor, de un centro de interpretación que parece más un tribunal que un santuario. Lo anuncian como memoria, pero se respira en él un viento cargado de odio antiguo, de revancha que no busca sanar sino borrar. ¿Cómo es posible que, en nombre de la “democracia”, se quiera convertir este lugar de oración en un monumento al rencor? La basílica, que ha acogido generaciones de españoles en busca de consuelo, se ve amenazada por una intención que olvida el mandamiento supremo: amar al prójimo como a uno mismo. Los caídos de ambos bandos, que aquí descansan en fraternidad bajo la mirada de Cristo, merecen algo más que ser usados como arma política.

Siento una profunda tristeza religiosa, una que nace del Evangelio mismo. Porque el odio que impulsa esa resignificación es el mismo que clavó a Jesús en la cruz: el orgullo humano, la sed de poder, la incapacidad de perdonar. Aquí, en cambio, el monumento susurra lo contrario. Sus arcos, sus esculturas, su silencio grandioso invitan a la humildad. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”, dice el Señor en este espacio sagrado. Los oficios avanzan: el canto del “Stabat Mater” eleva el alma hacia la Virgen Dolorosa, y lloro por España, por sus divisiones que no cicatrizan. ¿Por qué transformar un lugar de paz en campo de batalla ideológica? El valle entero, con su bosque sereno y su cruz imponente, despierta en mí un anhelo de eternidad, un sosiego que ninguna ley ni proyecto puede arrebatar.

Al terminar los oficios, salgo al atardecer. La cruz se recorta contra el cielo rojizo, y una brisa suave me envuelve como un abrazo divino. En mi corazón queda grabada la certeza: la verdadera resignificación solo puede venir de Cristo, no de decretos llenos de revancha. Que este monumento siga siendo faro de reconciliación, donde el odio se disuelva en el amor que vence a la muerte. Porque en Jueves Santo, la cruz no es derrota: es victoria. Y en este valle, esa victoria aún palpita, serena e indestructible.

(Boletín de la FNFF, Rogando su permiso)


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