lunes, 6 de abril de 2020

Los ancianos: los más débiles, olvidados y abandonados del coronavirus

OPINIÓN

Nuestros ancianos enfermos a la cruz, ¿y nosotros mudos?

(...Y ¨Sin Rentabilidad Social¨, es la nueva catalogación que el Gobierno
ha ordenado hacer de los ancianos a nuestros médicos).

YA TENGO MI ORACIÓN para ésta Semana Santa, ante lo que está ocurriendo a nuestras espaldas -como siempre- contra los más débiles, olvidados y en ciertos lugares abandonados de entre los enfermos de coronavirus: los ancianos.

I. En la alegría del Domingo de Ramos, que anuncia con intensa devoción la Pasión de Nuestro Señor, hemos leído el Evangelio más breve de los cuatro, pero no por eso el menos jugoso. Y se anuncia la Semana Santa. 

El hecho es que muchos están sufriendo por el carácter selectivo de la atención sanitaria otorgada a los enfermos del coronavirus en algunos lugares de la vieja Europa, países transformados por el aborto y la eutanasia en un muladar profundo (Holanda, Bélgica, Italia, en varias comunidades de España...). Hoy, cuando no hay material sanitario en unos u otros lugares, se recluye en casa y sin atención médica, a los ancianos infectados, dirigiendo la atención que merecían en pie de igualdad hacia de otros de menor edad y mayor esperanza de vida, como si ésta última fuese aplicable en concreto. Injustamente se prefiere cuidar a otros enfermos por delante de ellos, más jóvenes y fuertes, a modo de eugenesia. 

Esto tiene dos connotaciones. La primera es sobre nuestra vida en la tierra; si en este tema "sanitario" me equivoco, por favor háganmelo saber. La segunda es respecto a la atención religiosa ante al proximidad de la muerte, pues hay  lugares de la vieja Europa donde los católicos pueden denunciar el abandono de los sacramentos por parte de quienes debieran administrarlos. De ambas trataremos de la primera. 

Todo es muy doloroso. Abandonados, los ancianos pasan  desapercibidos, pues nadie clama por ellos, nadie  justifica que su abandono no está bien, nadie identifica este mal consciente dentro de ese otro mal inconsciente como el coronavirus. 

En la parroquia, hoy hemos rezado con piedad por todos los expuestos del coronavirus, multiplicando,  hasta causar impresión, los nombres de numerosos oficios inherentes a la actual distribución del trabajo, que al final se agrupan en uno: los generosamente "expuestos". Se agradece mucho una relación tan larga de protectores anónimos, que son los mismos que tenemos en la vida cotidiana. Pero nos hemos olvidado de los ancianos que están gravemente enfermos de coronavirus, y sufren abandonados a su suerte. Hemos estado a punto de decirlo en voz bien alta. ¿Es que nadie, ni siquiera los bien informados, está  seguro de lo que hoy ocurre? La ignorancia e inseguridad les excusaría el hablar. Pero miren: basta ir a la Red para advertir lo mucho se está diciendo en este caso. Ya hay quien ha dado la alarma. Y espero que nadie con autoridad lo sepa y... calle. 

Nosotros no sabemos cómo y dónde decirlo, qué hacer para ser eficaces, máxime cuando lo que aquí más importa son las obras, esto es, detener el mal. Una vez paralizados y enclaustrados, surge la pregunta: ¿hoy sólo podemos mirar la Cruz y sufrir con Cristo y con los ancianos abandonados.... en ella? 

Volviendo a nuestro banco en la parroquia al final de la Santa Misa, situado hacia el fondo de la iglesia, nos hemos fijado en una señora algo gruesa y mayor, de rodillas, con la cabeza gacha, vestida toscamente de oscuro, que antes se había tapado con cierta torpeza la nariz y boca con su chal, y ahora cubría la cara con las manos, y sobre todo con fuerza y unción. Estaba reconcentrada y, ante ella, nos hemos sentido enormemente superficiales y vacíos. ¿Será una anciana desechada? ¿Pero qué pasa aquí, Dios mío?
* * * 

II. En la práctica no somos todos iguales.

La atención sanitaria de máscaras y equipo debería ser según riguroso orden de llegada, y no de selección. Hasta la Constitución española, tan agnóstica y origen de tantos males, tan absoluta y sin matices, lo dice: somos libres e iguales y fraternos, con independencia de edad, religión, sexo y nación etc. etc. ¿Lo que dice la Constitución del 78, lo dice en vano? Pero, claro, sin Dios, la palabra pierde su sentido, y, cuando interesa, dije digo donde digo Diego. Y luego todo lo excusamos, menos a la Historia, porque alguien tendrá que ser malo, ¿no?. 


Es contradictorio que las declaraciones absolutas de una Constitución pagana -Libertad, Igualdad...- estén sujeta a las casuísticas o recovecos de la razón, cuando en nombre de ese absoluto de la Libertad creado se están cometiendo las mayores barbaridades, y está derivando en la infelicidad y hasta la muerte de muchos. Que la igualdad proclamada no se dé de hecho, no es más que contradicción en el Liberalismo. 
* * *

II. Éste dolor por la carencia de medios y por la injusticia que supone la selección de personas enfermas de lo mismo, unido a la imagen de esa anciana, SÓLO nos lo amortigua el contemplar la Pasión del Señor. A Él las gracias. 

Nuestra meditación es ésta, por si sirve algo. 

Él es el dulce Jesús, el más Justo de la tierra y de todos los tiempos, asesinado por los hombres, por cada uno de los que fueron, son y serán; por todos y por cada uno, lo que  directamente nos interpela. 

Él, el más Justo y único, asesinado por hombres repletos de sí mismos como los judíos soberbios y rencorosos a lo Anás y Caifás, por la autoridad romana a lo Pilato o Pilatos -avisado antes por su mujer de la inocencia de Jesús-, un Pilato que no sabe ni quiere saber qué es la Verdad, por las masas de Jerusalén atizadas por los jefes religiosos -los rabinos,  fariseos, y ancianos, por el sanedrín-, por la soldadesca romana y del templo, y por el pueblo desquiciado... por cada uno de nosotros, no se nos olvide nunca. 

Él, el más Justo y único de la Tierra y todos los tiempos, eliminado de la faz del mundo con improperios y recochineo, ánimo tortuoso y retorcido, con todas las formas legales -judías y romanas- que se quiera, con uno, otro y un tercer suplicio (Fco. de Mier, 1992). Eliminado con trampas y por la contradicción del hombre pecador, pues "llegará un día en que os maten pensando que así dan culto a Dios" (Jn. 16,2). 

Él es el más Justo y único, el Hijo de Dios. 

Recurriríamos y clamaríamos al Padre -como hoy por nuestros ancianos- para que liberase a Su Hijo. "Si hubiésemos tenido un Tercio de requetés no hubiera pasado esto", soñaban algunos ingenuos. 

Pero el Padre -que sólo Él es Bueno en el Hijo y el Espíritu Santo- no es como nosotros. El Amor del Padre lo expresa su gesto, ante la más aberrante injusticia del mundo y suma de todas las injusticias de los hombres. El Padre bueno, al ver así a Su Hijo, se contiene de liberarlo para hacer posible nuestra redención. Mientras hace un gesto de terrible contención, retira Su rostro para no ver el dolor y soledad del Hijo amado. "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado". 

Luego retira Su mano y calla. El Padre ya no actúa salvo en Su siempre presente y misterioso Acto de Amor a Su Hijo, porque ve cómo Éste muere víctima por cada pecador. Retira Su rostro pero no olvida al que tanto ama, ni lo abandona, pues sabe el por qué de todo esto. A este Amor de Padre que deja morir así al Hijo, el Hijo se asoció durante toda su vida y la oración en el Huerto, haciéndose pecado por nuestros pecados. 

El Padre no Se defiende de Su dolor; no Le defiende a Su Hijo del dolor; y el Espíritu Santo Les une a Ambos en el dolor. Y no hay dolor como Su dolor. No, tampoco hoy, Domingo de Ramos, el Buen Padre defiende en la forma como nosotros queremos a los ancianos enfermos de coronavirus, abandonados y desahuciados en sus domicilios. Y muchos en Europa -y quién sabe si también en España- sin recibir los sacramentos por retraimiento de los encargados de dispensarlos. 

Ni siquiera el casi divino lamento y sollozo de la Señora, Madre del ajusticiado, que en oración fue atravesada por siete espadas, movieron un ápice del Cielo. Si el Padre retiró su rostro y sufrió con Su Hijo, lo mismo que Su Hijo y en Él, todo fue para salvar a cada uno de esos pecadores. Y Nuestra Señora lo sabe. Este Amor divino es Acción y provoca una infinita transformación de lo real. 

Mientras tanto, miríadas de legiones de ángeles rebosan por completo el Cielo, pletóricos en su luz y fuerza, sobrecogidos de estupor  y sobresaltados de lo que hacemos unos pocos hombres a los que Dios ama, y ahora asustados de lo que hoy volvemos a hacer los hombres, quedaron inmóviles ante el supremo y divino gesto. 

Ayer no todos los discípulos huyeron, pues Juan, el joven más puro, estuvo siempre presente en la Pasión junto a la Señora. Sólo queda él -no los restantes discípulos- como testigo de cómo fue en cada momento la agonía y muerte del Sacrificado. No fue entonces cuando Juan actuó, pues mientras vivió el Maestro la voz y acción de Juan sólo fue la de Éste, y ante la Cruz su voz y acción serán la redención llevada a cabo por el que tanto le amaba. Ya llegará el momento de la voz y acción de Juan. 


IV. ¿Por qué nuestros hermanos los hombres, todos ellos, nos han abandonado, pensarán los ancianos enfermos de coronavirus en su cruz personal, que ojalá sea la de Cristo? ¿Y quién son Juan y los Juanes de hoy?

De imprevisto y aislados, nos han impedido cualquier acción para evitar que nuestros ancianos infectados sean abandonados a su suerte. Sólo nos queda asociarnos a ellos en la cruz, convertida en voz que denuncia el pecado actual de los hombres en esta España nuestra, pecado del que todos somos solidarios en un sistema político corrupto. 

Nuestros ancianos enfermos y arrinconados tienen como único consuelo mirar a Aquel a Quien, una vez muerto, de nuevo le atravesamos el costado, y sufrir con Él en Su misma cruz. Benditos sean. Teníamos que matarlo de verdad, ¿eh?. Teníamos casi que matarlos, ¿verdad? Pero, ¿quién es el que habla así? ¿El hombre o la bestia?

Que Jesús, el Justo, haya querido morir en la Cruz para salvarnos, y que el Padre nos Lo haya entregado para eso... es nuestro único consuelo. ¡Qué chocante! Consuelo es que el más torturado haya sido el Justo, el dulce Jesús, en un momento en el que no queremos a este mundo de pecado que abandona a nuestros mayores enfermos a su suerte, mientras nadie dice nada. 

Si el más torturado es Jesús, nuestros mayores serán justificados en Jesús Él el día de su juicio.

Si hoy se atreven a abandonarlos a su suerte, es porque hace no mucho mataron al Justo, y quien hace lo más hace lo menos. En la cruz redentora Jesús asocia a Su muerte a los ancianos medio desahuciados, a quienes justifica si están asociados a la Cruz de Cristo mediante los sacramentos que hoy en no pocos lugares no se distribuyen. 

Sólo contemplando esto, quizás mañana podré querer un poco a los sicarios de la muerte por el aborto, a quienes desprecian los ancianos como individuos sin rentabilidad social, y a quienes siguen las órdenes de abandono domiciliario alegando que no les llegan recursos sanitarios. Ayer el aborto y los enfermos eliminados antes de nacer; hoy los ancianos. La eutanasia adelantada del mañana. 
* * *
V. ¿Todos iguales ante la ley, ante los hombres, ante los hipócritas y cínicos, ante el Estado pagano, ante los inútiles -o malos- de nuestros gobernantes?: ¡bah...!, qué tontería e hipocresía es eso de las Leyes actuales, los absolutos idealistas y desviados que nunca se cumplen, y es que tampoco eso es lo que queremos, pues ante esa llamada ley, esos hombres y ese Estado, la palabra no tiene contenido. Quédense las Constituciones liberales, idealistas, absolutas y románticas con su verborrea pomposa y vacía, muy fraterna y constructora con escuadra y compás, que nosotros tenemos otro Señor, el que no quita la vida sino el que la da. 
El juicio está aquí. Descubrimos que hoy el juicio a Jesús, el más Justo y único, continúa, pero ahora lleva nuestros nombres y apellidos. Él es Quien no varia, ni en su persona ni en sus actitudes. 

 Ya les tocará a Vds. -como a todos- ser juzgados por Él, pero aún así, y por la misericordia de Dios, nos tendrán a nosotros intercediendo para que su juicio sea el menos severo posible. El gesto poderoso y terrible para todos del Padre y luego del dulce Jesús, el más y único Justo, expresado en la capilla Sixtina, es la otra cara de Amor del Hijo de Dios, muerto y resucitado. Por ser terrible no deseamos que se dirija a nadie en particular. Por eso, Señor, ¡muéstranos tu dulce paz, porque es que ansiamos Tus obras y Tu paz !

Dios Padre no actuó como los hombres actúan, precisamente  porque el Hijo estaba ofreciéndose como la redención, y por lo mismo no escuchó -a nuestro modo, claro- a la Madre. Pero Dios Padre y la Madre sí actuarán, aunque no como lo haríamos nosotros, en auxilio de nuestros ancianos enfermos, pues son víctimas no redentoras sino redimidas. El Padre aplicará su último Juicio de cara a la eternidad, y les "vengará" a través de nosotros en el tiempo, en esta vida, porque la Justicia en la otra vida es una Justicia y fallo eterno por los pecados cometidos contra Su Hijo, dejando lo temporal a los hombres. 



A Juan y los demás apóstoles les corresponde hablar, enseñar y denunciar las injusticias que se están cometiendo: y si para ello pueden enterarse, que se enteren. 

A nosotros, en nuestro ámbito y con nuestra medida, ya nos tocará y toca hablar y actuar en nuestro más noble ejercicio de ciudadanos, es decir, sin la dulzura, sin las consideraciones y sin las medias tintas que los sometidos entonces a juicio no tienen hoy hacia los demás. La Justicia actúa con la razón, no con el corazón. Actuaremos con la justicia ponderada del César y con las penas justas de los hombres. Con firmeza, ecuanimidad y sin venganzas. Habrá que pedir cuentas de los abandonos y la desigualdad. De entrada por esto. 
Juanes de Juan 

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